El departamento padece de azarosos acaeceres y particularmente después del terremoto de 1999 ha estado forzado por un ambiente sospechoso.
La leyenda de los 11 años inmediatamente anteriores en el Quindío muestra el sacrificio al que ha sido sometida la política en esta unidad territorial. Bueno no es el único departamento en Colombia con este tipo de problemas. A la democracia en los territorios colombianos le vienen metiendo la mano los empresarios de la contratación.
Todo eso que se ha sabido sobre los célebres contratistas que pasaron el charco para que la justicia colombiana tuviera que ir sumisa hasta donde ellos y hacerles las venias a las que se ha llegado por el derrumbamiento de las dignidades institucionales del país, viene ocurriendo en departamentos y municipios colombianos. Las licoreras —algunas— se volvieron fortines de la corrupción y entre los contratistas de las obras de infraestructura del país, los concesionarios del negocio de licores y los juegos de azar, se producen actos y actuaciones pecadoras por los que nadie reclama.
Libres de prejuicios y con la firme convicción de nuestros deberes con la sociedad, hemos auscultado con objetividad este peregrinar al que se somete al pueblo en las elecciones, sin el menor respeto por los valores de la democracia, encontrándonos con que en efecto estamos por cuenta de una corruptela insaciable. Los corruptos son impasibles ante el dolor y las necesidades populares. A esa señora conocida como la ‘Gata’ y de tantas menciones en las páginas judiciales de la anegada costa Caribe colombiana, no le ha importado otra cosa que las millonarias ganancias de sus negocios y los puestos políticos familiares para poder acceder a los escritorios en los que se toman las decisiones públicas a favor de ellos. Y esa historia se repite en uno y otro departamento. Con alcaldes y gobernadores responsables del pecado, de los delitos que se cometen contra lo que es público.
A partir del 2001 en el Quindío las utilidades por concepto de licores empezaron a tener una redistribución distinta. Una parte de las más gruesas utilidades por concepto de licores fue a parar a bolsillos sucios. Hasta el 2007 las aventuras y los negociados bordearon las cañadas por las que todavía corren aguas podridas. Mientras tanto, contra quienes defendemos los intereses generales de la sociedad se estimula el odio y se nos arrima la llama del pecado con la intención de producirnos heridas profundas causadas por sus malignas llamas.
La hoguera de la barbarie en la que se arruina el patrimonio de la sociedad colombiana vive prendida sin que el liderazgo político se asome a extinguir el fuego, a defender su puesto en la vida pública del país y sus regiones. La indiferencia es absoluta y el mal crece, el tumor aparece aumentado, la enfermedad hace metástasis pero no hay quien se acongoje desde las esferas políticas por un mal que está en sus manos, que depende de ellas, que puede alcanzar solución si se asume con responsabilidad y honradez el papel que le corresponde a los dignatarios de los partidos.
¿Por qué? —Se pregunta uno— se acabaron los organismos políticos determinantes en la escogencia de los candidatos al Congreso y después de los funcionarios administrativos de elección popular. Qué es lo que hay detrás en cada caso, de cada región; por qué la tolerancia o la aceptación, el sometimiento, ¿cuál es la razón para el servilismo?
No es otra cosa que la alianza entre la politiquería y la corrupción deshumanizada causando estragos en la sociedad. Todos los días se cuentan historias de nunca acabarse en medio de la indiferencia.
Nosotros creemos en la región, en la esencia de sus valores, en el precio de su patrimonio moral. Creemos en los postulados de vida interior con los que el otro día se demostraba el capital integral del departamento y confiamos en la reacción de quienes están en el deber de actuar con grandeza y de trabajar por el progreso del Quindío en general, no por el enriquecimiento cada vez superior de los corruptos de oficio.